
Hay en una
sala un hombre de cabello blanco, sentado e inmóvil, sin indicios de estar
consciente de su entorno, ni otro signo
de vida que una respiración lenta y apenas perceptible, pues su mirada vacía se
pierde en la nada y su temperatura corporal es tan fría como la de un cadáver.
Ha estado así por más de 70 años, desde que se incendió la institución para dementes peligrosos en la que abusaron de los internos con sustancias psicotrópicas. Extraviado en sí mismo y congelado en el
tiempo, siempre frío pero sin aparentar más de veintitantos años, aunque bien podría
tener más de 100. Su nombre es
Declan Thomas, dicen los pocos registros que hay de él. En esa sala de un
departamento de Boston ha estado vegetando los últimos 5 años, desde que la
última en una larga serie de clínicas de bajo presupuesto cerró, y la joven
enfermera Reece Talbot se volvió su tutora legal, mientras intenta resolver el
misterio del pasado de Declan, y la condición imposible de que lentamente ha ido
bajando de temperatura a través del tiempo, hasta los 8º C y menos.
Reece lo
cuida, lo atiende, vive para él prácticamente. Si hay química entre ellos,
parece ser unilateral, pues para ella ya no es solamente un enigma por
resolver, sino que se ha vuelto su compañía, aunque no su mascota: uno suele
interactuar con su mascota, por lo menos. Es más un placebo. Le lleva comida, le platica su día,
le lee novelas, rechaza a otros por
pasar tiempo con él, y a veces abre una buena botella de vino tinto, cocina un
platillo francés y se pone un vestido lindo para leerle ficción erótica. Calma
en esa relación sustituta cualquier otra necesidad social que pudiera tener aparte del
trabajo.


La presencia
que pone de cabeza la extraña estabilidad entre Declan y Reece es un personaje
sádico, cínico y malévolo conocido solamente como Jack. Es un tipo delgado, flexible, ojeroso, que trepa descalzo por toda la ciudad con la agilidad de un
insecto, sin ser visto por nadie que él no quiera que lo perciba. Vive de
arrancarle la locura a las almas de los dementes que encuentra, desde un
asesino psicótico en una prisión hasta una persona con alguna fobia potente
paseando por la calle. Sobra decir que arrancarle trozos del alma a estos
desafortunados los deja incompletos y
quebrados, a menudo muertos por suicidio. Pero a Jack eso no le importa, el mundo es un bufete
de todo lo que pueda comer, y él siempre tiene hambre.

Jack no es un
simple vampiro psíquico. No es una sanguijuela cualquiera ni un apetito
descontrolado. Jack es un conocedor. Un gourmet. Desde que la locura
concentrada en el asilo donde Declan estaba internado en 1941 lo atrajo a
nuestro mundo, ha mostrado una adicción insaciable, pero también la paciencia de
un sibarita que sabe que los mejores licores deben dejarse añejar. Para Jack,
quien es todo lo peor y lo mejor de mezclar el poder sobrenatural del infernal
Freddy Krueger con el humor macabro y farsa exagerada del Joker, el gélido Declan es un manjar supremo
de peculiar exquisitez por el que vale la pena esperar décadas. Tal es el nivel
de locura que ha concentrado Declan en su mente hermética.
Reece no lo
sabe, pero ha estado alojando a un hombre callado de capacidades enloquecidas, literalmente. Es una anomalía médica,
psicológica y paranormal, raro entre los más raros. No sabe su propio origen,
pero es capaz de absorber como una esponja la locura de otros que estén en su
proximidad, dejándolos cuerdos. Es un
sanador, pero cada vez que cura a alguien su temperatura disminuye, y si
alcanza los 0º morirá. Reece tampoco sabe eso. Ni sabe que junto al nuestro, en
una capa sutil separada sólo por la membrana de la cordura, existe un plano
donde se ocultan y dominan los demonios internos de los trastornados, siempre
hambrientos, siempre al acecho, siempre mordiendo hacia nuestra realidad. Pero
pronto se enterará, y su razón será asediada por el contacto con seres,
experiencias y percepciones para las que nadie está preparado. Y entonces
tendrá que aprender rápidamente o perder contra Jack la batalla que librará junto a Declan por
su propia mente.

Esta semana
Colder, historia de 5 partes publicada por Dark Horse Comics, ha llegado a su
fin. En verdad les recomiendo que hagan lo imposible por conseguir la historia
completa, pues es un placer leer
personajes de buen grado de complejidad y voz única, un misterio que se vuelve
un relato de suspenso paranormal, gracias al guión de Paul Tobin, a quien hemos
visto en Marvel con historias de Spider-Man y los Fantastic Four. Como si eso
fuera poco, he de aclamar el arte preciso y detallado de Juan Ferreyra, con el
diseño de personajes perfecto, casi atemporal, el adecuado para esta historia que abarca
varias décadas. Sus tomas son dinámicas cuando tienen que serlo, pero sabe crear un
ambiente complejo e íntimo cuando debe. Perspectivas especialmente forzadas, como
las de proyección curva, las utiliza en momentos clave que no se sentirían
igual de otro modo, incomodando un poco nuestra percepción del entorno para que
a pesar de una calma aparente no se sienta tan seguro y familiar, sino tan ajeno e irritante como
una jaula . Si ven las portadas y creen que son de un portadista contratado
para hacer ver bien al comic aunque el interior es de un artista menos bueno,
no es así. Cada página del interior está trazada expertamente de la misma
manera, con un trabajo de color en verdad artístico y dedicado.

Vayan por
esta historia, y corran porque se
enfría. No querrán que eso pase.